dissabte, 2 d’abril de 2011

Era el orgullo lo que le impedía marcharse de una vez por todas. De ahí, de sus propias entrañas, sacaba las fuerzas, día tras día, para seguir allí, para pisar fuerte la fría nieve y seguir buscando comida a pesar de la muerte que asolaba la región desde siempre.

Todos se habían ido. Pero él fue incapaz. No le esperaron. Sabían que no se movería. Eran demasiadas noches gritando a la Luna, tratando de asustarla para hacerla bajar y pegarle un buen mordisco. No podía irse de sus queridos bosques, de sus bastas extensiones en las que correr y limpiarse en el hielo cortante. Aunque desparecieran. Aunque dejaran del existir. Él desaparecería con su hogar.

Su orgullo lo mantenía en pie, allí. Por siempre. Un orgullo forjado por un invierno eterno.

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